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martes, 1 de marzo de 2011

Vida muerta





Lo peor que un hombre puede pensar es que su vida no merece la pena ser vivida. 
La derrota más trágica y cara es siempre contra uno mismo, contra ese ser que te mira desde el espejo con los ojos hinchados y camina a pasos rabiosos por el callejón de la ansiedad nocturna, donde luchan la fuerza contra la debilidad, el amor contra el odio y, en fin,  la vida contra el suicidio. 
No sé como he llegado hasta aquí ni como ni porqué ha comenzado la gran guerra: me hallo justo en mitad del combate; pero lejos de estar sólo, me acompañan mis nudillos magullados, la sonrisa de las garrapatas, los abrazos que me negaron ciertos bares y, sobre todo, el punzante dolor de la enfermedad crónica, que ni se marcha ni acaba su enojoso trabajo, ese que quizás finalice con un par de pastillas de más o una bala de menos.

Sudando, estoy sudando como un niño que juega en la calle, un niño que corría como los demás, reía como los demás, saltaba si marcaba gol y no le dolía la espalda, desconocía el paro, levantaba faldas a las niñas vestidas de domingo y encontraba el amor en la mirada concentrada de su madre mientras le preparaba el bocadillo. Pero soy un hombre cantando el largo lamento que no cesa, viviendo su propia agonía en la encrucijada donde se resuelve el último dilema. Un hombre herido y arruinado, verdugo y víctima de su autodestrucción; que sin embargo pelea cada noche por un día más en el sendero, lanza en mano contra el ejercito más cruel y difícil al que sus fuerzas puedan enfrentarse, protagonizando la eterna contradicción  humana en busca de una oportunidad que ofrecer a la existencia. Aunque ésta sea miserable y nadie te mire como miraba tu madre al pan.    
 
   

lunes, 13 de diciembre de 2010

Gramática en las uñas

Las manos despliegan el lenguaje del
Deseo a través del tacto y el gesto.
Frases complejas, sentencias, palabras
Que cobran sentido entre tus dedos.

Apagamos la luz, de nuestros seres
brotan como puñales dos luciérnagas y
entrelazados nos prendemos: con las manos,
Con la boca y con el sexo.

Hasta las oscuras madrigueras donde el dolor
Habita; hasta la morada de los sueños
No cumplidos; hasta el cielo y desde el suelo
Llega el calor de nuestras entrañas exhalado.

Una túnica de cobre nos viste.
Sigámonos sintiendo, dándonos vida,
Iluminemos nuestras almas en esta
Mortecina noche que no comienza jamás.

sábado, 25 de septiembre de 2010

Cuatro palabras





El señor H salió aquella noche sabiendo que era la última. Se colocó la chupa de cuero y se reunió con los de siempre, los amigos con los que buscaría rock and roll y chicas aquella madrugada, en Tulie, como tantas otras veces.

Se emborracharon con vino barato. Luego fueron a uno de los locales de moda de la ciudad, no pasaba nada extraordinario: la novia de K se agobiaba con tanta gente, ellos bebían sin control, lo de siempre. Luego Y les invitó al baño, y allí cayó la primera raya de la noche. Al salir de la nieve, el señor H se cruzó con una rubia lasciva que le miró con descaro. La conversación fue sencilla y rutinaria, despúes ambos se fueron al baño para golpearse contra los azulejos blanquísimos del garito. 1, 2, 3, en cada número el señor H se cobraba una frustración.

La segunda visita a la dama blanca se produjo en la discoteca más en boga de la ciudad. El señor H estaba borracho, colocado, mirando en torno desde una plataforma vulgar. Todos enloquecieron cuando sonó Supernatural Superserious, de REM. El señor H le pidió The Smiths al Dj y este le correspondió con Panic, recordó lo cachondo que le ponía esa canción. Luego sonó "Love will tear us apart" y el señor H dijo "la misma edad que Ian Curtis".

Se largaron del antro al amanecer, y enfilaron la calle principal mientras de fondo latía "Common People", de Pulp, el señor H se fijó en P, en como le miraba P. Sabía que P. estaba enamorada de el desde los 15 años, sintió que debía hacer algo al respecto se despidió de ella con un beso de cine. Ella sonrió, una sonrisa al menos, pensó H, y sonrió ironicamente. Lo había pasado muy bien aquella noche entre cigarros, cocaína, mujeres, amigos y alcohol.

El señor H llegó a casa y se sentó a escribir, debía terminar por fin aquella historia que englobaba a todas, ese mural que nadie entendería salvo él, y que importaba, nunca tuvo en cuenta la opinión de los demás. A las ocho de la mañana, el señor H vació todo lo que quedaba de él en unas letras imprecisas y sin embargo perfectas que resumían, cerraban y explicaban todo lo que había que resumir, cerrar y explicar.

Terminó, en el tocadiscos puso The End, en la adolescencia The Doors fueron su grupo, dejó que la música se adueñara de todos los rincones de la habitación. Encendió un cigarro y se tumbó en la cama, la acarició, era suave, como Barbara Stanwick. Releyó a Camus por enésima vez. Suspiró. Pensó en Dios y se acordó de sus padres. Miró al techo y cayó en la cuenta de que era feliz. Sonrió.


Luego, tranquilamente, cogió la pistola y se pegó un tiro.

jueves, 15 de octubre de 2009

Noches como panes


Primero escuchamos a Mark Eitzel
romperse a si mismo al ritmo de
su grave voz. Luego lloramos
con Nacho, en directo: Maldición,
Dry Martini, Morir o Matar.

Nos supo a poco, y decidimos
emborrachar nuestro corazón
de Pacharán. Los dos queríamos
olvidar penas, obviar mujeres,
retirar la espina del daño a
base de vasos y canciones de Bob.

Luego llegamos a tu casa, tu
tocabas la guitarra. Yo canturreba,
borracho como un sol, Viejas canciones
de Smog. Y cómo sobrevivir, me
preguntas: Sin amor ni consuelo.

Yo te (me) respondo:
nos queda la música, algunos
libros y mil recuerdos de noches
que no exitieron. Guardo para mi
mi lamento: Eva no existe.
El balcón como una tentación irresistible....




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